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Urbanismo 1ª parte – ESP

Descripción de un espacio:

Estamos frente al portal. La puerta abierta de par en par, sin cerradura ni pudor, exhibe un interior empapelado con una desteñida cenefa de colores salpimentada de manchas. La luz amarillenta disimula el sucio suelo de “cintasol” -hinchado y mal pegado- pero no nos evita la visión de unas desvanecidas jeringas manchadas de sangre. Miseria de otra época y humedad del presente. En un lateral, levitando por encima de una inusual línea paralela al suelo y bien integrados en el papel de la pared, hay restos de comida; macarrones con salsa. Souvenir de lo que fue una mesa ajustada a la pared.  En la ventana que da al cielo abierto, ronronean los tubos del extractor del restaurante. Las discusiones de la cocina del restaurante se oyen por toda la cámara. Los pocos espacios que el ruido deja libre, los llena el olor a comida china que huye de los cubos de basura amontonados en el patio. El olor y el ruido nos molestan, pero no nos atrevemos a cerrar la ventana. Unas cucarachas comiéndose a otras cucarachas aplastadas contra los grasientos cristales nos lo impiden.

Fin de la descripción.

¿Querrías vivir en este espacio?

¿ Te sentirías a gusto en una habitación así?

¿ Querrías convertir este espacio en tu casa?

La mayoría de la gente se sentiría fatal viviendo en un lugar así. No querrían ni entrar; mucho menos vivir allí, sin posibilidad de limpiarlo, cambiarlo, re-decorarlo.

La calidad y limpieza del espacio donde elegimos vivir afecta mucho nuestra salud y nuestro estado anímico. No queremos que la casa nos deprimida, ni nos haga sentir inseguros, tristes o que simplemente nos ensuciemos por vivir allí. Queremos que la casa aporte, que sea un elemento positivo en nuestro intento de vivir bien y queremos ser felices en nuestra casa. Es una obviedad, pero permitan que lo ponga por escrito: En general, el objetivo al mejorar nuestra casa (limpieza, estética, orden, seguridad), es para poder estar más a gusto en ella.

Y cuando valoramos si estaremos bien en una vivienda, en general todas nuestras observaciones o preocupaciones se pueden reducir a tres aspectos:

  • Seguridad. Queremos sentirnos seguros en casa.
  • Confort. Queremos sentirnos a gusto en casa.
  • Belleza. Queremos sentirnos identificados con la estética de nuestra casa.

Si no hay problemas económicos, los tres aspectos son igual de importantes. Es decir, tan importante es cambiar las ventanas para que ajusten bien y estemos calientes, como asegurarnos de que las ventanas son seguras, o procurar que las ventanas nos gusten. No cerraremos la ventana con una cortina de hierro, pues puede ser muy seguro, pero no es cómodo ni agradable. Ni pondremos en una ventana a pie de calle, unos finos ventanales góticos, porque no es seguro ni hace la casa más confortable. Ni para evitar pérdidas de calor, directamente tapiaremos todas las ventanas. Siempre buscamos un equilibrio entre nuestro presupuesto, el gusto y las necesidades de cada actuación.

Nos preocupa estar a gusto en casa y, por poco que podamos, evitaremos que el espacio donde vivimos sea feo, inseguro e insalubre.

Pero, ¿qué pasa si nos obligan a vivir en un lugar en el que no podemos intervenir? ¿Seríamos capaces de vivir en la habitación antes descrita sin poder cambiar nada? ¿Y cuando hablamos del espacio para vivir a qué nos referimos exactamente? ¿El lugar donde vivimos se limita al espacio interior definido por unas paredes? ¿Podemos entender nuestra vivienda de esta manera tan reduccionista?.

Persona

La definición de Persona establece que las personas no finalizamos en el límite de la piel. Lo que una Persona es se extiende a toda su Cultura Exterior, y por lo tanto, es obvio que el interior de las paredes de la casa no es el espacio que acoge completamente a la Persona. Nuestra vivienda es el interior de las paredes de la casa, pero también el exterior de la casa y todo el entorno de la casa y todo lo que se relaciona con la casa. Siendo un poco más precisos, podríamos decir que, nuestro cuerpo puede vivir en el espacio cerrado que delimitan los muros de una casa, pero “La Persona”; donde habita, es en el espacio en que la casa y la cultura de la Persona se define.

Así que volvemos a la pregunta hecha anteriormente:

¿Qué pasa cuando no podemos alterar el entorno que estamos obligados a habitar? Cuando la calle es fea, el barrio es frío y sucio, la ciudad no la encontramos humana y … no podemos cambiarlo, ni huir.

La respuesta de muchas personas posiblemente será:

– “No pasa nada. Te acostumbras y ya está

Argumentan que no importa tanto la belleza. Que no importa el aspecto de los edificios, ni lo que hay en la pared, o de que está hecho el suelo, ni el color de los árboles o el diseño de los bancos. Que sólo es un lugar para vivir. Que con los problemas que hay, no podemos perder el tiempo con estas tonterías. La preocupación por la belleza del entorno es un tema para las personas ricas, o los intelectuales con poco trabajo, el resto de gente se conforma con lo que tiene.

¿Importa la belleza?

De hecho, muchas personas suscribirían la siguiente afirmación:
Da igual si vivimos en un entorno bello o en un entorno feo. Con el paso del tiempo nos acabamos acostumbrando y no lo notamos. La fealdad se convierte en un ruido de fondo que ya no perciben nuestros sentidos. Además, incluso en el peor entorno se pueden encontrar rincones bonitos y así, en cierto modo, los valoramos más.

Se pueden hacer estas argumentaciones desde el corazón o incluso de una manera fría y racional, puesto que estas argumentaciones no provienen de una insensibilidad respecto a la belleza, sino más bien de un deseo racional de evitar la tristeza a la que nos precipitaríamos si abriéramos los ojos, nos parásemos, y estuviésemos conscientes y atentos a la ausencia de belleza en casi todo lo que nos rodea en nuestras ciudades y pueblos. Y este es un sentimiento al que no queremos dar salida, pero que todos llevamos dentro.

Es cierto que no podemos tener el cerebro siempre ’emocionado’ por la belleza del entorno o ‘deprimido’ por su fealdad. Los recursos del cerebro son limitados y deben concentrarse en otras cosas y además, es cierto también que el hecho de poder encontrar siempre un detalle que nos guste nos ayuda a mantener las orejeras en su sitio y soportar mejor el día a día. Pero el que nos acostumbremos y no lo notemos no quiere decir que no nos afecte. Al igual que el ruido del motor de la nevera, podemos llegar a ignorarlo y pensar que no nos afecta, hasta que este desaparece y entonces: ¡Ahh… qué paz! ¡Que agradable! Exclamamos cuándo desaparece el ruido que no nos molestaba.

Con la fealdad de nuestro entorno ocurre lo mismo. Nos acostumbramos y no lo valoramos. Hasta que un día vamos a otro lugar más agradable, y entonces, pensamos: Que bonito sería vivir en un lugar así. Que suerte tienen algunos de poder vivir en un lugar tan agradable. Y nos hacemos conscientes de la fealdad de nuestro entorno y de que en ese lugar tan bonito quizás estaríamos un paso más cerca de ese ideal de felicidad y bienestar que soñamos.

La belleza del entorno en el que vivimos es un aspecto muy importante y afecta a la calidad de nuestra vida. Es tan importante y nos afecta tanto, que preferimos silenciarlo. Por lo tanto, al reflexionar sobre política europea, el urbanismo es un tema crucial que debemos tratar.

No podemos seguir planificando unas ciudades, pueblos o barrios residenciales, que destrozan el entorno y donde nadie quiere vivir.  Los Europeos no queremos ser almacenados y aparcados en des-humanizados barrios o pueblos. El tener un entorno agradable y cuidado no ha de ser un lujo solo para ricos, porque en Europa, el entorno agradable y bonito ya lo tenemos. Lo que tenemos que hacer es dejar de destruirlo y construir de una manera adecuada a nuestro contexto, historia y memoria.

El lugar que me gusta

Para poder aproximarnos al diseño del sitio ideal donde la mayoría de los europeos seríamos felices viviendo, es conveniente ir un poco a la raíz de lo que somos: Homo sapiens sapiens; O sea, unos Mamíferos-Racionales-Sociales.

Como mamíferos que somos, nuestro entorno utópico siempre será la naturaleza. Una naturaleza en la cual, porque somos racionales, podremos satisfacer a nuestras necesidades, y que, puesto que somos seres sociales, teóricamente compartiremos con otros seres humanos. Por allí correrán alegremente nuestros hijos, creciendo fuertes y saludables. Por las noches, si hace un poco de fresco, encenderemos un fuego y compartiremos historias, aventuras y tradiciones para que no se pierda nuestra cultura. Esta bucólica imagen tiene una parte de realidad y otra de memoria de la historia, es decir, no es una mentira, sino más bien una imagen que hemos construido de nosotros y con la que nos gusta representarnos y construir nuestra cultura. Por lo tanto, tampoco tenemos mucho interés en verificar si es real o no. Es un poco de autopropanganda.

Pero obviando la parte bucólica, es cierto que, vivir comunalmente en plena naturaleza, es para lo que biológicamente hemos sido creados, y es lo que hemos hecho durante miles de años.

Hemos evolucionado, cierto, y al igual que los hombres ya no saltan encima de las mujeres para inseminarlas, ni nos matamos unos a otros por un trozo de carne, tampoco tenemos la necesidad de vivir en plena sabana rodeados de insectos y sin intimidad. Sabemos vivir perfectamente en un entorno urbano. Y digo sabemos y no podemos, porque los instintos básicos están domesticados, pero no eliminados. Biológicamente no nos hemos convertido en una nueva especie, no somos todavía un Homo Sapiens Urbanus, y por lo tanto, aunque la razón nos muestre las ventajas del entorno urbano, una parte de nuestro corazón piensa que, el entorno artificial de hormigón prefabricado, no es el lugar soñado para vivir. La prueba más palpable, aunque anecdótica y poco científica, es  que si encontramos un trozo de césped, a la sombra de un árbol, en un caluroso día de verano, seguimos padeciendo una fuerte tendencia a estirarnos allí, a hacer una reparadora siestecita …

… hasta que los insectos, la humedad del suelo, el frío de la tarde, la lluvia o cualquier otro detalle ‘natural’ nos hacen huir de allí.

La realidad del ser humano actual es que, exceptuando una pequeña minoría, la gente no quiere vivir cubriéndose con un taparrabos, el cuerpo lleno de parásitos y haciendo saltitos por la selva persiguiendo algo comestible que se niega a ser visto como comestible. El entorno urbano de nuestras ciudades y pueblos es mucho más cómodo y práctico, aunque en general, por desgracia, o por gracia de nuestros arquitectos y políticos, todavía no lo consideremos un entorno ideal.

Por lo tanto, cuando buscamos un entorno bello e ideal para vivir, ¿qué es lo que estamos buscando?. ¿Qué considera el hombre urbano que es un entorno bello para vivir?

Belleza funcional

Hagamos un salto al pasado. Para el hombre pre-urbano, la belleza del entorno no tenía una componente estética en sí misma, la belleza era meramente funcional o en algunos casos se consideraba bella por deísmo o vínculo místico. El entorno más atractivo era el que ofrecía más facilidades para vivir: comida, seguridad, agua, proximidad del grupo, conexión con Dios, etc. Lo que el hombre pre-neolítico buscaba, era un espacio en la naturaleza donde pudiera explotar fácilmente los recursos que la naturaleza ponía a su alcance y se sintiese seguro. La estética fue en su origen meramente funcional. El paraíso no era un lugar hermoso en sí mismo, sino que era hermoso, por que el hombre primitivo, en ese jardín divino, tenía todo lo que deseaba y necesitaba; por tanto, allí era feliz. En ninguna descripción del paraíso se nos habla de detalles estéticos, sino es para incidir en sus aspectos funcionales, riqueza, seguridad, comida, placeres físicos, salud, etc. Es decir, la felicidad del Paraíso era consecuencia de que allí tenían la seguridad y confort que necesitaba para vivir. Esto es lo que hacía hermoso un entorno, que allí podías ser feliz, no que las paredes tuviesen un precioso estucado veneciano, o que nadie vistiese pantalones de pitillo. La belleza era la consecuencia de un lugar seguro y confortable.

Tras este salto al pasado, volvamos a los aspectos que valoramos en nuestra casa:

  1. Seguridad. Quiero sentirme seguro en casa.
  2. Confort. Quiero sentirme a gusto en casa.
  3. Belleza. Quiero que la casa sea reflejo de mi gusto.

Al igual que a nuestros ancestros, nos gusta o deseamos sentirnos seguros y protegidos y nos gusta tener nuestras necesidades básicas cubiertas. En estos dos puntos no diferimos demasiado a pesar de los miles de años transcurridos. La tercera valoración es la que ha sufrido un cambio más significativo; ha pasado de ser una consecuencia objetiva de las dos primeras, a adquirir también una percepción teleológica subjetiva en sí misma. Con estas palabras quiero decir que el que algo sea bello o no, lo decidimos cada uno de nosotros. Decimos: “A mi me gusta esto”, sin que necesariamente nos importe el que ese algo tenga o no una funcionalidad, simplemente es nuestra opinión y nuestra valoración de si ese ‘algo’ nos hace más feliz.

Por lo tanto hoy en día, al considerar algo bello tenemos de hecho tres impulsos o sensaciones que lo conforman en diferente medida:

– Un impulso de raíz biológico que nos remite a la naturaleza como el entorno ideal; en la naturaleza encontramos la belleza utópica.

– Un impulso racional que imagina el entorno ideal como aquel a través del cual podemos satisfacer nuestras necesidades básicas; es bello porque es funcional y nos da lo que necesitamos.

– Un impulso de raíz cultural que nos permite añadir un valor estético subjetivo a nuestro entorno, es bello porque a mí me gusta.

Junto a los milenarios impulsos de sentir la belleza ante algo objetivo, exterior y común a los seres humanos, aparece un impulso nuevo, subjetivo y que necesariamente requiere de la comunicación con el otro para conformar su diferencia. En consecuencia cuando emerge este percepción de belleza es porque emerge la persona o subgrupo que se define frente a las otras personas o subgrupos.

¿Y por qué la persona del paleolítico necesita definirse?

Para el ser humano pre-histórico, el tener la capacidad de cuestionarse el quienes somos y el que nos diferencia de otros seres humanos no parece ser una ventaja evolutiva destacable en su lucha por la supervivencia. La objetivación de la propia conciencia no nos hace más fuerte, veloces o resistentes ni nos garantiza más éxito reproductivo. Pero la autoconciencia y la voluntad de ser diferenciado del resto está muy implementada en el ser humano. La razón de la consolidación esta característica del ser humano tiene muchas causas pero una de las más importante es debida al cambio en el nivel del marco institucional que se produjo en su sociedad primitiva

En una sociedad definida por un marco institucional de nivel cero como es una familia, clan o grupo, lo que las personas tienen que ser viene definido por la cultura exterior de esas personas. La cultura interior es irrelevante o incluso a veces perjudicial. Lo importante en esas sociedades es el grupo, no la individualidad y las personas se identifican y definen sobre todo como miembros de ese grupo. Fuera del grupo no hay nada y dentro del grupo la confianza es total y por lo tanto no se necesitan leyes.

Cuando el tamaño del grupo crece y supera cierto umbral aparecen las instituciones de primer nivel. Los usos se transforman en tradiciones y reglas y surge la jerarquía y la diferenciación social. Como hemos comentado, este nuevo marco institucional provoca un distanciamiento entre las personas. Disminuye el conocimiento que unos tienen sobre los otros  y se produce una reducción en la confianza dentro del grupo. Los usos, taboos y tradiciones evitan que esas perdidas de confianza culminen en la desintegración del grupo. La confianza en el grupo se mantiene pero es imposible restituir la perdida de conocimientos. Cuando la Cultura Exterior ya no define completamente a la personas, emerge la Cultura Interior, y el deseo de ser individualizados crece a la par que una sociedad que ya permite la diferenciación.

La persona descubre que más allá del grupo existe el como persona, que su función en el grupo puede venir determinada también por lo que el es además de lo que por edad y género es y que por lo tanto tiene un mínimo margen de libertad. Por otro lado, si empezamos a sentirnos seres individuales y no parte indiferenciada de un grupo, se descubre una parte de nosotros que el resto del grupo no conoce y comparte y aumenta la desconfianza. Reconocer la individualidad es descubrir la libertad y saludar a la soledad.

Cuando empezamos a diferenciarnos del grupo, si no queremos quedarnos solos, debemos aprender a relacionarnos con el grupo que nos interesa de una manera diferente. Hemos de transformar lo que era una pertenencia por defecto, en una pertenencia instrumental, afectiva o interesada. Hemos de mostrar que no somos peligrosos, ni extraños. Que nuestra diferencia puede incluirse en un nuevo Pacto Canónico, es decir en una nueva cultura, que permita que desde nuestra individualidad, podamos ser útiles al resto de personas. Que el ser diferente en nuestros aspectos no afecta al estilo de vida del grupo, o en todo caso, la afectación es para mejor. Pero claro, mostrar la propia individualidad y crear un nuevo Acuerdo Canónico que nos incluya, no es tan sencillo y requiere perfeccionar la única herramienta que disponemos para establecer estos cambios; la comunicación.

Profundicemos un poco más, para encajar el aspecto cultural.

Independientemente de que nosotros, como seres humanos modernos, en nuestro entorno ideal busquemos seguridad, confort y belleza, este entorno ha de tener unas bases esenciales, sin los cuales no podemos construir o buscar la seguridad, el confort y la belleza.

1 – Una base estructural. Somos una forma de vida, fundamentada en el carbono, que puede vivir dentro de un estrecho margen de condiciones atmosfericas, y poco o mucho, siempre hemos de estar en contacto con una naturaleza derivada del carbono. Es el fundamento. Sólo podemos vivir en unas condiciones determinadas.

2 – Una base biológica / social. Tenemos unas necesidades, que si no son satisfechas, se altera mucho la calidad de nuestra vida. Si hay la base estructural sobreviviremos como simples seres, pero para desarrollarnos hay unos requisitos funcionales públicos y objetivables en gran medida.

3 – Una base cultural. Por evolución establecemos un Pacto Canónico,-una especie de reglas del juego básicas con todas las personas con las que compartimos Cultura Exterior-, de modo que la expresión de nuestra individualidad sea comprendida y tolerada. Necesitamos comunicar, relatar y establecer componentes estéticos subjetivos, que puedan ser o no compartidos por otras personas, pero que consideremos que mejoran la calidad de nuestra vida, porque nos ayudan a definirnos y diferenciarnos frente a los demás. Es la parte emocional. No sólo necesitamos ser y estar, al evolucionar como sociedad y diferenciarnos del grupo; necesitamos ser reconocidos … necesitamos ser amados y apreciados.

Construyendo el entorno

Al urbanizarnos, por definición, hemos dejado de vivir en la naturaleza. Hemos substituido el vivir en un entorno dado, que quizás y gracias a nuestra capacidad racional, podíamos intentar modificar y controlar, pero que está sometido a una regeneración incontrolada; a tener que construir un entorno inmóvil, fruto de una serie de decisiones racionales y planificadas, donde la aleatoriedad y la incertidumbre de la naturaleza no tienen cabida o deben reducirse al mínimo.

Nos hemos construido nuestro entorno. No hemos podido inventarlo completamente ni está exento de errores,  pero por la cantidad de gente que vive en el planeta, hasta ahora lo hemos hecho razonablemente bien. Hemos tenido que aceptar la Base 1, es decir, la que define que solo podemos vivir en una entorno determinado, y nos hemos dejado guiar por los criterios de funcionalidad tal y como la Base Biológica/social-2 nos pide.

Mientras nuestra Cultura Exterior y nuestra pertenencia al Grupo ha sido fuerte y nuestra individualidad y soledad ha sido limitada, hemos podido crecer, confortablemente. Pero al ir creciendo en número de personas y al ir profundizando en nuestra individualidad y renunciando a los vínculos con el grupo, hemos ido descubriendo que un entorno construido únicamente sobre la Base-1 y la Base-2, no era suficiente para hacernos felices. Poder vivir con seguridad y confort, cuando estás solo, ya no es garantía de que seas feliz, tan solo es garantía de que tendrás más tiempo para profundizar en tu soledad. Necesitamos ser reconocidos y diferenciados; necesitamos ser queridos.

Peor aun, cuando hemos tenido las necesidades básicas solucionadas, hemos descubierto que la mera aplicación de la racionalidad técnica para sustituir a la naturaleza, no nos acerca precisamente el paraíso, pues la razón instrumental, al ser tan sólo parte del ser humano, nunca puede ofrecer el todo que el ser humano necesita. Y los sustitutos que crea, pueden ser incluso peligrosos. Es como intentar reproducir la realidad, disponiendo de un lápiz de un solo color. El subconjunto nunca puede ser mayor que el conjunto. La técnica nos puede ayudar a crear un entorno urbano apropiado para los seres humanos, donde gran parte de nuestras necesidades funcionales estén cubiertas, pero sin un diseño, o una ingeniería, que consiga integrar el componente natural, aleatorio y no racional que es también parte intrinseca de nuestra naturaleza, y sin la capacidad de individualizar, es decir, sin las emociones y los sentimientos, el entorno nunca dejará de ser una especie de fábrica para engordar seres humanos.

Necesitamos superar la racionalidad y dar entrada a las emociones que nos lleven hacia la inclusión del concepto de belleza en la definición del entorno. Hemos de crear la belleza de la naturaleza en el entorno artificial, y esto requiere superar las Bases 1 y 2 y adentrarnos en la Base -3, en la emoción, la personalización, la dinámica, la comunicación y la aleatoriedad, que es donde ahora reside la belleza necesaria para los humanos.

En Resumen
Hasta aquí hemos hablado de lo que los seres humanos hemos necesitado para vivir durante miles de años, y de como y porque, estas necesidades han ido cambiando a medida que la relación de las personas entre si ha ido cambiando, hasta llegar al punto en el que, el disponer de un entorno que solucione nuestras necesidades básicas, se ha vuelto insuficiente para que nos sintamos felices en nuestra vida. Necesitamos profundizar en un nuevo aspecto de nuestro entorno, que tiene que ver con la belleza, con un diseño que permita la aleatoriedad y la comunión entre individuos y que por ahora, solo podemos imaginar recurriendo a los arquetipos del Jardín del Paraíso.

¿Es esto posible?. ¿Podemos cambiar la estética y belleza del jardín paradisiaco natural por la estética y belleza del entorno urbanizado de una ciudad ?

Puesto que las Bases 1 y 2 o los dos primeros aspectos que buscamos en una casa, son objetivables, en cierta manera podemos decir que estamos programados biológicamente para tener todos los humanos un sueño más o menos parecido de lo que es el paraíso clásico. Pero la tercera Base o tercera consideración, la que hace referencia a nuestro concepto actual de la felicidad subjetiva y el espacio interpersonal de comunicación que establecemos, surge de nuestro interior, no de nuestra biología que es común, sino de nuestra individualidad cultural, que es subjetiva y única. ¿Como podemos saber entonces que lo que surge de nuestra individualidad será compartido por todos los demás? ¿Puede alguien definir lo que ‘es bello’?.

Y si esto fuera posible, ¿cómo puede alguien afirmar que sabe lo que es atractivo para el resto de ciudadanos?. ¿Cómo se puede decidir qué estilo de belleza es más apropiado para una sociedad y defenderlo ante los gustos contradictorios de los demás individuos?. ¿Cómo podemos hacer una ciudad bella para todos?

Decía Stendhal “hay tantos estilos de belleza como visiones de la felicidad” y obviamente, no podemos construir una ciudad para cada persona. Hay que hacer la misma ciudad para miles de personas y, conseguir que todos ellos, se sientan en mayor o menor medida, felices de vivir allí. ¿Cómo podemos hacer el entorno estéticamente perfecto para un grupo de gente con ideas diferentes sobre la belleza?.
En principio parece imposible encontrar una solución a este problema.

Puedes seguir la segunda parte del artículo aquí

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