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Privado, control, público, Cultura Exterior

Si en casa vemos un papel en el suelo y no nos gusta que esa basurilla esté por allí en medio, podemos hacer varias cosas: la primera y más obvia es recogerlo y tirarlo a la papelera. Si somos una persona muy rica y perezosa -y un poco esnob-, con un criado que nos sigue por toda la casa, podemos indicar al servicio que por favor  recoja el papel y lo tire a la papelera. Otras opciones más fantasiosas pueden ser: quejarnos al gobierno porque hay un papel en el suelo del piso, esperar que alguien venga a visitarnos y se lleve el papelito, pensar que si no nos fijamos mucho la basurilla ‘motu proprio’ desaparecerá, o incluso podemos dejar de pasar por esa parte de la casa para no ver la basura.

 Somos libres de hacer lo que queramos, pero las dos opciones más prácticas para acabar con la basura en casa son: o bien la recogemos, o bien pagamos a alguien para que lo haga. En consecuencia, la mayoría de la gente, optará por una de estas dos opciones. Si alguien escoge alguna de las otras opciones; esperar a que la basura desaparezca solita, quejarse al gobierno, no pasar por esa parte de la casa, etc. probablemente dudaremos de su capacidad mental.

 Curiosamente cuando salimos de nuestra casa y encontramos la misma basurilla en la calle, las dos opciones más prácticas y realistas -recogerla o pagar a alguien que la recoja- son las que descartamos más rápidamente. Lo que la mayoría de las personas hacemos cuando vemos basura es:

  • Esperar a que desaparezca ‘motu proprio’

  • Quejarnos al gobierno

  • Confiar que otra persona se lo lleve

  • No fijarnos

  • Si nos molesta mucho, ir por otra calle

Nuestra actitud cambia mucho dependiendo de si estamos dentro de nuestra casa o fuera de ella. ¿Pero qué diferencia mi espacio privado de mi espacio público? La diferencia es aparentemente muy simple: Mi casa es mía (ergo yo soy el responsable) y lo que hay fuera de mi casa no es mio (ergo yo no soy el responsable).

Pero esta diferenciación no está tan clara. Usamos ambos espacios, pagamos por adquirir ambos espacios (ya sea directamente o vía tasas), el mantenimiento de ambos espacios también corre a nuestro cargo, compartimos el espacio con otras personas y somos responsables de lo que ocurra en ambos espacios ya sea directamente en el ámbito privado o por delegación en el ámbito público.

¿Cual es entonces el elemento diferenciador?.

Control.

En el espacio privado tenemos la potencialidad de controlar lo que ocurre en un grado mucho mayor que en el espacio público.

Un ejemplo. Si soy rico, vivo sólo en una casa de propiedad y la casa está aislada, podre, potencialmente, ejercer mi control de una manera precisa y absoluta. Haré lo que quiera cuando quiera. Si vivo en un apartamento de alquiler con la familia y los abuelos, en un gran bloque de pisos y tengo pocos recursos, el control potencial de mi espacio privado será menor. Pero en ambos casos, yo seré libre y consciente del control que puedo ejercer dentro de unos límites. Sabré como puedo modificar esos límites y, podré incluirlos dentro de mi marco de previsión de futuro, es decir, podré prever que cosas tendré que hacer, o que ocurrirá, en función de mis deseos y necesidades al igual que se lo que no podré hacer o la probabilidad de no poder hacerlo.

Conocer el potencial de control, es decir saber que podemos hacer y que no y sus consecuencias, nos permite hacer una aproximación al grado de libertad que tendremos, y al grado de seguridad que conseguiremos en la planificación según nuestra visión de futuro.

Por ejemplo, si veo que mi casa está quedando sucia, y quiero tenerla más limpia, puedo valorar los recursos de que dispongo (tiempo, dinero, amigos, familia, empresa, etc) y en función de estos recursos y, el estado futuro al que me gustaría llegar (casa limpia y ordenada) , hacer una previsión de que recursos tendré que invertir, para lograr el objetivo. En otras palabras, buscaré la correcta proporción entre a que parte de mi libertad para hacer otras cosas puedo renunciar y que garantía de seguridad acepto de que las cosas sucederán como yo las he planificado para lograr mi objetivo. Si no tengo recursos económicos, tendré que dedicar más tiempo a barrer o, convencer a los otros miembros de la familia para que me ayuden. Si dependo de amigos o familiares quizás mi margen de seguridad de que la tarea será realizada disminuye. Si quiero asegurarme de la limpieza a lo mejor es mejor que lo hago en persona, entonces renunciare, o más bien invertiré un tiempo que tenía para hacer otras cosas, para realizar esta tarea en concreto.

Obviamente, cuanto más tiempo, amigos o dinero invierta para conseguir mi propósito, más certeza tendré que mi objetivo de futuro; ‘la casa limpia’, será una realidad, pero tampoco es cuestión de que invierta todos mis recursos para conseguir este objetivo pues mi marco de previsiones de futuro está compuesto de muchas otras cosas más y cada una de ellas requiere su correspondiente inversión de libertad.

Todo esta planificación la hacemos automáticamente y casi inconscientemente. Definimos un estadio final deseado, unos recursos disponibles, unas  incertidumbres asumidas y adoptamos una linea de actuación para resolver el problema y asegurarnos que la casa queda más o menos limpia. No es garantía de nada, pues puede caer un meteorito sobre la casa después de barrer o podemos morirnos en cualquier momento, pero, dentro del marco de previsiones de futuro que aceptamos para la vida, este tipo de control y margen de seguridad es suficiente para la mayoría de las personas. Conocer nos permite determinar un margen de seguridad en la planificación y nos convierte en responsables de nuestros actos.

Espacio Público

 Ahora bien cuando nos situamos en el espació público el conocimiento se difumina. No es que la potencialidad de controlarlo sea baja o alta, sino que es difusa. Si queremos ser el agente de alguna actuación nos es difícil incluir los eventos que puedan ocurrir en ese espacio, en nuestro marco de previsión de futuro, pues en general no sabemos lo que tenemos que hacer, ni cuanto tiempo o recursos nos llevará el pasar del estado actual a un estado futuro, ni que probabilidad de éxito tenemos. No disponemos de esta información porque hemos delegado esa tarea en las instituciones de alto nivel y ellas lo gestionan según sus propias necesidades.

Por ejemplo, si la calle está sucia, podemos notificarlo al ayuntamiento para que envíen una brigada. Quizás reaccionan y dejen la calle perfecta ese mismo día, o la semana que viene, o quizás no vengan y tengamos que demandar a la administración para que actúen y perder tiempo y dinero en los tribunales o quizás la limpieza dependa de otra administración. Sin conocimiento de los recursos, las incertidumbres y las posibles lineas de actuación no hay control ni hay responsabilidad por parte del ciudadano. Si mi casa está sucia es porque yo no la he limpiado. Soy responsable y culpable. Si mi calle está sucia es porque “alguien” no ha hecho su tarea. No es mi responsabilidad y por supuesto, no es culpa mía.

Hemos creado unos entes exógenos a nosotros, las instituciones de alto nivel, sobre las que no tenemos control directo ni nos sentimos responsables de su negligencia, pero en los cuales confiamos toda nuestra vida pública. Es un posición cómoda pues nos libera de una responsabilidad y unas tareas pero en esta dejación hay un problema; el espacio público, es parte de lo que hemos definido como cultura exterior de las personas y por lo tanto literalmente les define y conforma. Si estoy tan a gusto en mi espacio privado, con todos los elementos que me definen y son parte de mi. No puede ser que todos los elementos que están más allá del muro de mi casa, ya no sean parte de mi, ni me definan o condicionen; no puede ser que simplemente no existan. Del mismo modo que no dejaríamos que un ministerio decidiese que ropa nos tenemos que poner y cuando hay que lavarla o cambiarla, no podemos dejar que sea un ministerio quien decida si la calle está limpia o si hay que cortar el árbol frente a mi casa o si pueden poner un muro de ladrillos frente a mi ventana.

Cultura Exterior

Lo que cada persona es, se extiende más allá de los muros de su casa y renunciar a esa parte de nuestra persona es directamente empobrecer lo que somos y lo que podemos hacer y por lo tanto hemos de aceptar esa parte de nosotros de la que tenemos un control difuso. No es imposible ni mucho menos convivir con el ‘control difuso’ y todos en mayor o menor medida sabemos vivir con estas incertidumbres. El simple hecho de irnos a vivir con otra persona, directamente nos coloca el ‘control difuso’ en nuestras vidas. Pero la situación de ‘control difuso’ en la que nos situamos cuando compartimos nuestra vida con alguien, la intentamos pautar de algún modo, para que pueda formar parte de nuestro marco de previsiones de futuro, ya sea casándonos, haciendo un contrato, jurándonos fidelidad eterna, asegurando que nunca priorizaremos el fútbol a nuestra pareja, convirtiéndonos en una familia con hijos, hablando entre amigos, etc. Es decir, creando una o varias instituciones de bajo nivel acorde a las necesidades o de alto nivel pero que puedan ser controladas. Intentamos habilitar un conocimiento y unas responsabilidades en esa zona de ‘control difuso’  para que los que participa de esa zona de control difuso puedan prever el futuro y seguir actuando con cierta libertad sobre sus vida.

Privatizar lo Público

Volvamos tras esta vuelta, al espacio público. El espacio público es parte de nosotros, es parte de nuestra cultura exterior y por lo tanto nos define y nos conforma. El espació público si está sometido a un control difuso por parte de instituciones de alto nivel como son las meta-instituciones no podemos encajarlo en nuestra previsión de futuro, debemos por lo tanto gestionarlo con instituciones de bajo nivel o de cuarto grado. Esto implica definir claramente por parte de las personas afectadas la institución que lo gestionará y donde empezará nuestro control y responsabilidad. Hemos de pactar que parte de nosotros le cedemos (a que libertad renunciamos) y como lo controlamos (que seguridad deseamos obtener). Es un juego de equilibrios entre libertad y seguridad, pero es en la justa proporción de este equilibrio, donde se juega en parte la calidad de nuestra vida emocional y nuestra vida pública. Las personas han de encontrar la justa proporción entre los recursos que quieren invertir y la seguridad de conseguir un resultado que mejore su calidad de vida y esta negociación no puede realizarse con instituciones de grado tres como es lo habitual.

En el entorno local, todo, por lo tanto, tiene que nacer de las instituciones que pacten sus ciudadanos afectados. El espacio público es parte de la privacidad de las personas y debe ser gestionado por las personas en un privado comunal. La administración es una ayuda y solo tiene un poder delegado o contratado por los habitantes. Mientras los habitantes de ese entorno, se muevan dentro de la Norma Fundamental de ese estado, ellos son responsables y soberanos en su actuación pues no hay límites entre las personas y su entorno. Tomando el símil de una empresa cooperativa. Los habitantes de un entorno son socios de ese entorno. Dictan las normas que rigen su convivencia, disfrutan de los beneficios que ese entorno pueda generar y contratan los servicios que puedan necesitar, pero también son responsables del mismo y tienen que responder de su buena calidad y mantenimiento ante el resto de la sociedad.

Somos tan responsables del papel que hay en nuestra casa como de el que hay en la calle, porque la casa y la calle son nuestras; no de las instituciones. Es responsabilidad de las personas que viven en un entorno el mantener el entorno. Acusar a la administración de negligencia es una muestra de nuestra propia negligencia. Hemos de recuperar el espacio público para el público, no para las instituciones.

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