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Urbanismo 2ª parte – ESP

La No Solución

Por ahora, la única aproximación satisfactoria para decidir cual es la mejor estética a la hora de diseñar una ciudad, ha sido el que los ciudadanos no opinen sobre la estética.

La propuesta pragmática de políticos, filósofos, promotores y arquitectos ha sido que las personas se preocupen del interior de sus casas y que se olviden del exterior. O sea, un ingeniero, la constructora Nuñez y Navarro, un político, un promotor especulador o cualquier arquitecto pueden decidir como ha de ser una calle y sus casas, pero no pueden hacerlo los habitantes de esa calle y de esas casas.

La razón de esta discriminación es que, en opinión de estos profesionales, políticos y empresarios, el diseño del exterior de las viviendas y en su conjunto, el diseño de las ciudades y pueblos, ha de depender de los criterios técnicos y racionales de una serie de profesionales bien preparados (políticos, urbanistas, arquitectos, ideólogos, etc o sea, ellos mismos) y no de criterios estéticos emocionales y particulares.

De esta manera, si un entorno urbano es horrible, la justificación y aceptación del entorno horrible se fundamentará en la aceptación de los criterios técnicos racionales que han dirigido su diseño. Este barrio horrible es así porque allí tienen que vivir 2.000 familias con pocos ingresos, o es así para facilitar las comunicaciones con los polígonos industriales o para evitar un gasto energético demasiado grande o por motivos higiénicos o porque estos son los materiales homologados o porque es una zona para residencias de lujo que necesitan un puerto y un golf, etc. En muchas ciudades y pueblos hasta hace muy poco el que un edificio fuese bonito no era razón para catalogarlo como un bien a conservar. Para catalogar un edificio tenia que tener una característica objetivable.

Subordinamos cualquier decisión emocional relacionada con nuestro urbanismos a una decisión racional, porque las decisiones racionales, teóricamente no dependen de la persona, sino de la racionalidad del proceso, son objetivas, incluso deontológicas. En cambio, las decisiones emocionales surjan del corazón de la persona, son subjetivas y en consecuencia el sujeto es el responsable.

Por ejemplo, si un ayuntamiento decide arreglar una calle, muy transitada y escoltada de grandes árboles y el técnico municipal opta por cortar todos los árboles y asfaltar de arriba abajo toda la calle, porque según los criterios de economía, seguridad vial, materiales homologados, etc es la solución más adecuada, la discusión sobre el acierto o no de la medida, pasará por la discusión de los criterios técnicos, los cuales no dependen del propio técnico. El técnico en sí, sólo ha aplicado lo que una serie de estudios científicos y económicos dicen que es lo más apropiado. Si alguien no está de acuerdo con el hecho de que se corten los árboles y se asfalte toda la calle, lo que tiene que hacer es rebatir los estudios técnicos, no rebatir al técnico.

Ahora bien, si el técnico piensa que por la tipología de casas de aquella calle y por la gente que vive, el espacio mejorará mucho con un tipo concreto de empedrado y salvando los árboles en las aceras, aunque sea menos funcional y quizás menos estandarizado e incluso dificulte el tránsito, es él quien personalmente está tomando la decisión, y mejor que se busque una buena compañía de seguros porque si algo no sale bien, todo el mundo se le echará encima, le pedirá responsabilidades y le exigirá indemnizaciones.

Problemas similares se encuentran los arquitectos.

La fuerza de los constructores, la comodidad de los programas de CAD, la estandarización de los componentes, la necesidad de cubrirse las espaldas si algo no funciona, el miedo a la aleatoriedad y a la no perfección y, el rebajar costes, acaban convirtiendo a los arquitectos en ‘hojeadores’ de catálogos, que buscan la creatividad en las revistas de arquitectura y en los catálogos de las empresas.

Los arquitectos están demasiado presionados y condicionados, para que se atrevan a fiarse de su corazón y hacer casas pensadas también para ser bonitas, para las personas y el entorno en que serán construidas. Las casas clásicas o históricas que dan belleza a nuestro entorno, no son perfectas. Tienen curvas, pequeños errores, detalles hechos a mano, desequilibrios… encanto y personalidad. Las casas que realizan los arquitectos ahora son ‘Legos’ creados con un programa de CAD, según el catálogo de las empresas suministradoras de componentes y estandarizadas para todo el mundo. Su belleza y personalidad sólo reside en la belleza de los componentes y el entorno, ellas en si son tan solo la muestra de como hacer algo donde  ‘meter personas, sin que nadie te pueda denunciar si algo no gusta, funciona mal o se rompe‘.

Por la forma en que funciona nuestra sociedad, nadie se atreve a tomar decisiones reales y personales; la Acción con la posibilidad de equivocarse, la estamos eliminando de las cosas que pueden suceder cuando actuamos y, eso nos llevará a un bloqueo muy importante. Este es un mal que como ya he comentado en otros artículos, se ha extendido a toda la sociedad. Al institucionalizar las Personas, la actuación libre y creativa se penaliza, porque las consecuencias civiles o penales de la Acción son tan importantes, que nadie se atreve a asumir el riesgo. Queremos Acción sin riesgos ni problemas y eso es imposible. Actuar implica necesariamente la posibilidad de equivocarse, pero es la única manera de seguir aprendiendo y mejorando.

Como queremos que un arquitecto realmente intente dar lo mejor de si, si hemos incrustado en su ADN el miedo a que el cliente, el ayuntamiento, la empresa, el vecino, el gobierno, el promotor, o quien sea le denuncie por cualquier cosa y acabe perdiendo su tiempo y dinero en un juzgado. Y ahora solo hablamos de urbanismo, pero esto lo estamos trasladando a toda la sociedad, a todos los niveles y en todas las profesiones. Estamos ya muy cerca de encontrarnos casos de que los padres denuncien a los profesores si su hijo no ha tenido éxito en esta vida, o a denunciarle si un día ha explicado un cuento a los niños, este cuento ha provocado pesadillas a su niño y el cuento no forma parte de las fichas educativas que las editoriales publican. Y somos tan cobardes, que uno solo de estos casos ya implicará que todos los profesores tendrían que tener un seguro para evitar denuncias por fracaso o que se negarán a aportar nada a la educación de sus hijos que no vengan publicado por una empresa.

El caso más extremo de este miedo a actuar es la Unión Europea. Allí, puesto que no hay voluntad de fusión política y por lo tanto no hay políticos que asuman una linea política, sólo nos encontramos con técnicos y organizadores de buffets. Burócratas que llevan al extremo el actuar ciñéndose únicamente a las normas, para que nunca se les pueda acusar a ellos de nada. Forma de actuar que obliga por lo tanto a que cualquier directriz europea, tenga que ir protocolarizada hasta el extremo, para que no quede ningún espació a la iniciativa particular que deje espació a la responsabilidad.

Dejemos por ahora el tema del miedo a actuar que está bloqueando a la sociedad y volvamos a nuestro entorno.

Los profesionales bloqueados

Por lo tanto, si dejamos las decisiones urbanísticas en manos de los técnicos, estas decisiones serán adoptadas siempre necesariamente siguiendo sobre todo dos criterios:

  • Que la decisión sea racional, no emocional.
  • Que un tercero sea el receptor de las demandas judiciales.

La posibilidad de que los técnicos lleguen a crear, o poner las bases para que un entorno urbano, se convierta en un entorno bello y único para cada persona, donde los que lo habitan sean felices, es prácticamente cero. Simplemente, los técnicos no pueden justificar la creación de algo así.

Para los técnicos, la felicidad sólo es algo a considerar, si alguien consigue hacer un pliego de normativas basadas en razonamientos estructurales y funcionales y soportada por razonamientos económicos, que proporcione automáticamente un indice de felicidad, y que la normativa sea aceptada por Europa, de manera que ellos puedan preguntar a los políticos, qué indice de felicidad desean para esas casas.

Las personas que deben tomar la responsabilidad de procurar crear un entorno bello y agradable para los que allí vivimos, no pueden libremente tener en cuenta estos factores -que sea bello y agradable-a la hora de decidir cómo se urbaniza un entorno, son parámetros que no se pueden indexar en una hoja de cálculo. Ellos sólo pueden escoger como encajar la normativa y el presupuesto, en sus formularios estandarizados de la administración y en los modelos homologados que los catálogos de las empresas ofrecen y, casi siempre, el interés de las empresas es su beneficio económico, no que el entorno sea bello y agradable. Es obvio que todo esto es una generalización y hay casos para todo, pero en general, este es el espíritu que se impone. Si no está en el catálogo de una empresa y sus datos no encajan en el formulario de la administración; no existe o no se puede hacer.

Los únicos que desde su posición de poder podrían haber hecho algo unilateralmente para proporcionar una belleza surgida de las emociones, sin justificación racional, funcional o económica, son las grandes empresas de construcción inmobiliarias. Pero, exceptuando algún caso, en general, la actuación de las grandes inmobiliarias es más digno de ser juzgada por un tribunal penal, que no como contribución positiva al bienestar de las personas. Inmobiliarias como “Nuñez y Navarro” han hecho tanto daño a las ciudades, que sus dirigentes deberían ser detenidos por crímenes contra la humanidad, y esto lo podríamos extender a gran parte de los responsables de las constructoras que han actuado impunemente los años setenta y ochenta en Europa.

En resumen: Si nos encontramos que los técnicos no pueden decidir cómo se construye un entorno bello y agradable, si las empresas sólo buscan su interés económico, si los políticos crean las normativas para evitarse los problemas, si las inmobiliarias se ha demostrado que son un elemento destructor y además hay gustos para todos, ¿cómo podemos encontrar unos criterios para construir entornos bellos y agradables para los ciudadanos? ¿Quién decide que es bonito?
Acción

De hecho, el decidir que es bello es bastante sencillo. El problema es protocolizarlo y estandarizarlo para hacer una norma universal. Dejando de lado consideraciones más emocionales, vivenciales o de moda, nadie tiene ningún problema en señalar las partes feas y las partes bonitas de una ciudad. O en determinar qué ciudades le parecen bonitas y qué feas, y el porqué. Las personas tal vez no sabrán ofrecer una definición científica de lo que es bello, pero eso no quita que lo tengan muy claro.

Siempre nos encontraremos el excéntrico, que para hacerse notar, dirá que los barrios dormitorios de París le parecen más bonitos que el centro de París o, los polígonos industriales de Barcelona mejor que su barrio Gótico, o las nuevas urbanizaciones, más bonitas que Viena o Venecia. Pero incluso teniendo presentes estas opiniones discrepantes, posiblemente un 90 por ciento de las personas, tendrán unas opiniones coincidentes sobre qué casas, barrios o ciudades en Europa son bonitos y cuáles no. Es decir, casi todo el mundo considera feos los mismos lugares y básicamente todo el mundo está de acuerdo en cuales son las ciudades bonitas.

No es necesario ningún estudio científico para demostrar estos aseveraciones, pues el estudio más cuidadoso sobre este aspecto se hace diariamente a nivel mundial y se llama turismo.

 

La opinión popular

Tomemos por ejemplo la ciudad de Barcelona. En esta ciudad, tendremos que el 99 por ciento de la gente que la visita, se dirige al centro histórico. Prácticamente nadie visita la ciudad para ir a ver los barrios dormitorio: Hospitalet, Santa Coloma, Bellvitge, etc. Esto no quiero decir que estos lugares no tengan sitios de interés, ni que no puedan tener su encanto, pero si nos centramos exclusivamente en el modelo de belleza, hay otras partes de Barcelona que están más cercanas a los ideales de belleza que los turistas tienen. Y lo mismo sucede en París, Viena, Venecia, Nueva York, Londres, etc. Podemos inventarnos lo que queramos, de que todas las opiniones son importantes, y que hay gustos para todo -que es cierto-, pero la evidencia nos indica que, por la inmensa mayoría de la población, es muy fácil determinar que edifico o barrio es bonito y cual no.

Soy consciente de que el tema del turismo es clarificador, pero no es un buen ejemplo, porque lo que mueve a los turistas a ir a una ciudad u otro, viene determinado por muchas motivaciones, y no siempre dirigidas por el placer estético. La moda, el sexo, las aventuras, el juego, la novedad, el futbol, el riesgo, la decadencia, los deportes o los eventos históricos son también motivos importantes para mucha gente a la hora de visitar una ciudad. Un claro ejemplo de ello son ciudades como “Las Vegas”, edificios como algunos campos de fútbol o instalaciones como los Campos de Exterminio. Pero si nos centramos en los turistas que visitan un lugar porque les atrae la belleza de lo que allí se ha construido, en general, los turistas tienen bastante claro que les gusta y que no. Si visitan Lloret no es por la belleza del lugar (que la tiene), sino por otros motivos como la fiesta y el sol, en cambio, si visitan Cadaques, no es por la fiesta y las discotecas, sino por la belleza del entorno. Y evidentemente, que los turistas visiten más un lugar que otro, no implica que un lugar sea mejor que el otro, tan sólo indica que, en ese lugar podemos encontrar más elementos comunes al arquetipo estético popular de la sociedad europea.

Lo mismo ocurre a la hora de valorar los entornos. Es cierto que algunas personas, pueden considerar los jardines una muestra burguesa de derroche del espacio, y las casas con jardín un síntoma de la decadencia anglosajona, pero en la inmensa mayoría de los casos, todo el mundo considerará más atractivo pasear por un jardín, un bosque o una calle arbolada y cuidado, que por un polígono industrial, una calle sucia y descuidada, los bloques de apartamentos de una ciudad dormitorio o un vertedero.

Por lo tanto, generalizando, podríamos decir que en Europa, todas las personas que tiene un interés por la belleza del entorno, estaría de acuerdo, en gran medida, en lo que es un entorno bonito y agradable. Aunque sea a un nivel de mínimos hay una idea básica compartida de que les gusta y lo que no les gusta. En lo que tendríamos desacuerdos, sería en los detalles, y con la minoría de personas que por las razones que sea, no tienen ninguna consideración estética o, tienen una percepción estética muy diferente.

Una preocupante conclusión que podemos sacar tras estas deducciones, es que los trabajos realizados por los arquitectos y planificadores urbanos europeos los últimos 50 años han sido, en general terriblemente malos. En cualquier lugar de Europa que vayamos, las personas consideran feas o muy feas las construcciones y urbanizaciones posteriores a los años 50 y el turismo visita solo las casas, pueblos, barrios y núcleos de ciudades que no están ensuciados por construcciones modernas. Incluso muchos arquitectos y políticos prefieren vivir en los centros históricos rehabilitados que no en los nuevos barrios construidos a medianos de los años setenta. La arquitectura y los planificadores urbanos solo han tenido un relativo éxito a la hora de crear construcciones para almacenar, aparcar y engordar seres humanos.

Demasiada gente?

Como ya hemos comentado en otros apartados, la Cultura Exterior de las Personas se extiende más allá del ámbito definido por las paredes de la casa, y engloba un entorno mucho más amplio. Dentro de este amplísimo entorno en el que se cultiva nuestra Cultura Exterior, podemos determinar un sub-ámbito menor, en función del grado de afectación en la vida de las otras personas que una determinada actuación tendrá. Es el ámbito en el que yo me muevo físicamente, el ámbito en el que tengo presencia física.

Por lo tanto, al plantear una intervención urbanística, habrá un subgrupo de gente que se verá afectado por aquella actuación, en un grado mucho más importante que otras personas. Por ejemplo. Si quieren hacer un edificio, para mi gusto horrible, en el centro de Santiago de Compostela, este hecho por ser parte de mi Cultura Exterior, me afectará, pero me afectará mucho menos que si en lugar de vivir en Girona, viviese o viajase a Santiago de Compostela.

Este ámbito de personas muy afectadas por una intervención urbanística, es el grupo de personas que deben actuar y participar en la decisión sobre la idoneidad de la actuación urbanística, justamente porque son parte afectada y, actuar es su responsabilidad. El problema es que cuantas más personas participan, más difícil es llegar a un mínimo consenso. Cuanta más gente tenemos viviendo en un ámbito reducido, más difícil es poder comunicarse con ellas, informarse y ponerse de acuerdo. En un pueblecito de 100 casas es relativamente fácil comunicar, informar, coordinar y consensuar una decisión por mayoría simple. En una ciudad de un millón de habitantes el tema puede ser mucho más complejo. Además, hay otro aspecto muy importante a la hora de tomar una decisión. El conocimiento necesario para tomar la decisión.

Conocer

Para obtener el conocimiento necesario para poder opinar sobre lo que se ha de hacer en nuestro entorno, hemos de informarnos sobre que se va a hacer y la persona que lo va a hacer, en este caso el promotor o constructor. Puesto que estamos hablando de obras humanas, necesitamos adquirir un conocimiento racional y un conocimiento emocional. El conocimiento racional no viene condicionado por la distancia, ni por la cantidad de la gente que recibe esta información, es un tipo de información que se puede transmitir en cualquier lugar y a tantos receptores como se quiera, sin que se vea alterado en su esencia. Es de hecho la base del método científico. Pero el conocimiento empático, no funciona así. Requiere de proximidad, y se ve alterado por la cantidad de receptores, pues la respuesta emocional de las personas, varía en función de la proximidad y el número de personas que están presentes.

Un ejemplo. Si estamos viviendo en otro país y nos enamoramos de una chica, podemos transmitir la información que el conocimiento racional nos facilita sobre ella a todas las personas que deseemos, sin importar lo lejos que estén. El decir: “Es estudiante de Cornell, facultad de ecómicas, 23 años, pelirroja, mide 1,70 cm, pesa unos 60 Kg, etc, etc” no va sufrir ninguna alteración por lejos que esté el receptor, por veces que lo repitamos o por el número de gente al que llegue.

Pero esta información es solo parte del conocimiento que a las personas interesa, y de hecho no es ni la parte más importante, hay un conocimiento emocional que las personas nos solicitaran. Y este conocimiento fruto de la empatía y no de la razón instrumental si que se ve afectado por la distancia, el receptor y el número de personas que lo reciben. No es lo mismo hablar sobre tu chica en un bar con un amigo, que en la cena de Navidad con tus abuelos, o en un programa de televisión.

Por lo tanto, siempre que hay una intervención en nuestro entorno, esta intervención afectará a un número de personas. Las personas afectadas han de decidir si aceptan esa alteración de su entorno. El número de personas afectadas no puede ser muy grande porque se dificulta mucho la organización y la toma de decisiones. El número de personas activamente participantes tampoco puede ser muy grande, porque se dificulta el adquirir empáticamente un conocimiento emocional de la parte humana detras de esa intervención. Es decir, son los vecinos los que han de tomar el control de su espacio público y actuar tras obtener información directamente de la obra y las personas. No la administración, ni los partidos o entes más lejanos o más numerosos sino los vecinos directamente afectados son quienes autorizan las obras.

Conclusiones

La belleza del entorno donde deben vivir las personas es un tema de capital importancia, porque afecta a la felicidad de las personas que viven en aquel lugar.

Como hay tantas personas como opiniones sobre la belleza, no se puede dejar que sea la administración quien dictamine, vía una norma universal con ters o cuatro excepciones, el urbanismo de los pueblos y ciudades.

Los políticos, técnicos y profesionales están sujetos a la racionalidad de las normas y no quieren/pueden asumir la responsabilidad de sus actos, si no responde por ellos una empresa de seguros. Quedan por lo tanto descartados como creativos y controladores de los aspectos emocionales y afectivos del diseño del entorno .

Las personas sí que tienen claro que les gusta y que no, y son ellas quienes tienen que vivir en ese entorno, son ellas por lo tanto quienes deben decidir que se construye en su entorno y cómo.

Esto quiere decir que al actuar en una zona urbana, los vecinos de la zona, puesto que son los que se ven directamente afectados por la actuación que allí se produzca, son quienes deben decidir si aceptan esa actuación, sobre todo en los aspectos estéticos. Por tanto, la planificación urbana y la arquitectura deben contar con la aprobación de los vecinos y, si no se consigue esta, las intervenciones quedan bloqueadas. La administración es consultora, no ejecutora. No es por tanto, potestad de la administración el consultar con los vecinos las intervenciones arquitectónicas, sino que se potestad de los vecinos el consultar con la administración, y es requisito del promotor, el tener la aprobación de los vecinos para proceder con las obras.

Las funciónes de la administración son:

  • – Controlar que se consiga la autorización de los vecinos propietarios facilitando el contacto entre vecinos y promotor.
  • – Determinar el impacto territorial que aquella intervención tendrá y por lo tanto, el número de vecinos afectados. No es lo mismo querer construir una casa de una planta, que un centro comercial y por lo tanto, el número de vecinos afectados es también diferente. En un caso sólo será necesario consultar a los vecinos de ese trozo de calle y en otros casos puede ser necesario consultar a todo el barrio. Es también función de la administración el determinar la escala de delegación, para que puedan intervenir en las decisiones las personas más alejadas del entorno directamente afectado. Esto significa determinar las coronas que rodean el evento quantas personas son necesarias para contar con un delegado. Cuanto más alejado del punto de intervención, más personas serán representadas por un solo delegado.
  • – Determinar el impacto emocional y estético de la intervención. Si se quiere construir una casa siguiendo la estética de las casas tradicionales del entorno, quizá sólo es necesario tener una mayoría simple de vecinos, si se quiere construir un elemento arquitectónico que rompe con la estética o que tiene un fuerte impacto emocional, por ejemplo un minarete, o una casa muy diferente, tal vez la administración determine que el 80 por ciento de los vecinos afectados deben dar su aprobación.
  • – Informar y asesorar a los vecinos en los aspectos normativos y legislativos.
  • – Controlar que los aspectos normativos y legislativos es cumplen.
  • – Controlar los sobornos. Puesto que son los vecinos propietarios quienes determinan la aprobación de un proyecto arquitectónico, es muy tentador para el constructor recurrir al soborno para conseguir su autorización. Esto no es ningún problema siempre cuando el soborno no consista en una regalía individualizada, sólo por los vecinos propietarios. Es decir, dar dinero o regalos a unos vecinos propietarios no es válido, pero dar ese mismo importe para el pueblo, zona o barrio vía becas escolares, trabajos jardinería, limpieza, restauración o cualquier aspecto que afecte a la comunidad es correcto. Ya que serán los vecinos quienes se verán afectados por la intervención urbanística, es lógico que también sean ellos quienes salgan beneficiados.

Mediadores (Más información sobre ellos en El Poder Supervisor)

Uno de los problemas más importantes que nos encontramos al incluir el conocimiento emocional en el ámbito de las decisiones, es que no se puede objetivar la decisión. Se puede razonar y explicar tanto como se quiera una decisión, pero el resultado final dependerá puramente de criterios subjetivos, lo que nos creemos o dejamos de creer de la otra persona, es decir, de la confianza que le hacemos o que le dejamos de hacer. Por lo tanto, cuando se produce una disputa, o un tema se encalla, la solución al mismo no depende tanto de criterios racionales, sino que es un tema de emociones que sólo puede dirimir una persona en quien todas las partes confíen. Por este motivo, los Mediadores tiene la última palabra en todos los temas relacionados con el urbanismo.

Por ejemplo, a veces, sobre todo en pequeños pueblos, se puede dar el caso de que, por motivos de disputas ancestrales, unos vecinos bloqueen siempre las actuaciones de otros vecinos. Es por tanto tarea de los Mediadores el determinar si el proceso está corrompido por otros aspectos emocionales, ajenos a los temas de urbanismo y por tanto si se considera necesario, autorizar la construcción, a pesar de la opinión contraria de algunos vecinos.

También es función de los Mediadores el dirimir las disputas que surjan por las decisiones de la administración, referidos a los ámbitos de afectación de la actuación urbanística y los ámbitos de delegación. Por ejemplo, el ayuntamiento puede determinar que el ámbito de afectación de una vivienda que se quiere hacer, es un radio de cinco manzanas junto a la vivienda, pero los vecinos de todo el pueblo pueden considerar que la calle donde se hará es una calle muy típica del pueblo y por tanto al considerar que también les afecta, pueden solicitar el ser incluidos en el grupo de decisión directo. Si la administración se opone, es tarea de los Mediadores el determinar quién tiene razón.

Es decir, como en muchos otros aspectos, cuando en las decisiones de la sociedad hay un fuerte componente humano y emocional que causa una disputa, los Mediadores deben intervenir como garantía de que no es cometen abusos amparándose en huecos legales, errores de la administración o venganza personales.

El tamaño importa

Ya he comentado que para tomar una decisión y actuar proporcionalmente, se requiere tener un conocimiento mínimo necesario y, esto incluye, un conocimiento empático y racional combinados. Además como detallo en otro artículo, es necesario también disponer de un espacio público privatizado (ver Espacio Público-Control Difuso).  Por lo tanto, no se pueden planificar grandes núcleos de población, pues los grandes núcleos de población, separan a las personas que viven de la posibilidad de actuar con conocimiento y proporcionalidad. Simplemente hay demasiada gente para poder obtener un conocimiento adecuado, demasiado casos excepcionales para que su existencia no provoque problemas y es imposible privatizar el espació público sin convertirlo en pura política de intereses.

Cuando las ciudades son relativamente grandes, se puede establecer un sistema de representación y delegación que permita transmitir el conocimiento y la posibilidad de actuar en toda la población via delegado. De todos modos, el volumen máximo idóneo de una ciudad europea no puede ser superior a los 350.000 habitantes, con una densidad máxima de 700 habitantes por kilómetro cuadrado.

Obviamente es imposible desmontar el París o Londres actual, pero fuera de estas dos ciudades, es aconsejable proceder a un decrecimiento y dispersión de las poblaciones de las otras ciudades. Esto no implica empobrecer las ciudades, por el contrario, las ciudades económicamente debe seguir prosperando. Europa necesita más ciudades tipo Zúrich y menos ciudades tipo Santa Coloma de Gramanet.

El espíritu del urbanismo europeo debe ser:

Las personas que viven en un espacio son las que deben determinar que y como se construye en su entorno, y los núcleos de población deben tener un tamaño que permita a las personas que allí viven, conocer y hacerse suyo el entorno, porque sienten que pueden, si quieren, participar en su gestión, cuidado y desarrollo. Sienten que pueden privatizar el espacio público y sacarlo del Control Difuso.

Por otro lado, hemos de conseguir romper con el miedo a la denuncia y al riesgo, que atenaza a los profesionales que pueden ayudarnos a crear nuestro entorno. Los arquitectos, ingenieros, políticos, planificadores urbanos, etc. no pueden hacer siempre sus creaciones, con la espada de Damocles de la demanda sobre sus cabezas, porque entonces, solo pueden crear obras estandarizadas y uniformes sin personalidad, armonía con el entorno y cariño en su creación.

Si ha existido negligencia en un error de un profesional ya lo determinarán los Mediadores, pero si el error no es fruto de la mala gestión, entonces tenemos que asumirlo y ver como podemos ayudar a la persona afectada y no ver a quien denunciamos.

Solo con vecinos conscientes de su entorno y que lo estimen, y profesionales libres y creativos que les puedan ayudar, podemos empezar a crear un entorno que nos ayude a ser más felices y menos destructivos.

Puedes leer la 1ª parte de este artículo aquí: Urbanismo 1ª Parte

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